Buenas tardes, amigos del parque
A los niños pequeños les encantan los demás niños pequeños. Parece haber una solidaridad generacional innata. Como si se dijeran: «Ah, por fin otro humano que no es doce veces más grande que yo y que parece sincero de verdad cuando dice agú, agú». Si el otro es un poquito mayor, aquello ya se convierte en una pasión. «Lo he visto recoger una piedra y metérsela en el bolsillo. Sin comérsela. Un genio».
Y, sin embargo… Por cada adorable «Es mi amiga, me ha prestado su bici, quiero invitarla a mi cumpleaños», ¿cuántos desgarradores «¡Me ha quitado mi peloooooota!» o «¡Ya no es mi amigooooo!»? O, antes de aprender a hablar, gritos y manotazos repentinos por un rincón del tobogán o un reparto desigual de tarta de arena.
El impulso amistoso no basta. Para navegar por los vericuetos de las relaciones y llegar a la casilla Amigo sin pasar por la casilla Disgusto, tu peque tendrá que desarrollar unas habilidades bastante sutiles.
La buena noticia: la investigación demuestra que puedes ayudarle.
1. Enseñarle a gestionar las emociones negativas
Un estudio de 2003 identificó tres características comunes entre los pequeños capaces de entablar y mantener amistades con los niños de su entorno:
- Son considerados.
- Se expresan bien.
- Saben controlarse.
El último punto se observa fácilmente en las relaciones de los más pequeños en el parque. Mientras no puedan aceptar que alguien toque SU juguete sin ponerse a gritar, las posibilidades de amistad serán limitadas.
Diversos estudios han mostrado que una buena manera de ayudar a gestionar los impulsos egoístas y agresivos es responder con comprensión a las explosiones emocionales y buscar juntos soluciones al problema que las ha provocado.
Los avances no son instantáneos, claro. Pero confía en la investigación: ese niño acabará calmándose.
2. Practicar cómo interpretar los sentimientos ajenos
Gestionar lo que uno siente es una cosa. Pero también hay que reconocer el estado de ánimo de los demás. «Ese niño me mira fatal cuando echo hierba en su sopa de piedras. A lo mejor no le gusta que le cambien la receta».
Podríamos pensar que es una capacidad innata, o que aparece sola. Pero los experimentos muestran que la empatía puede mejorar, incluso en niños muy pequeños. Se recomiendan varios ejercicios:
- Animarle a tener en cuenta el contexto. La expresión facial solo es una parte de la información. Pensar en la situación de la persona ayuda a entender que no se trata únicamente de leer una cara, sino de ponerse en la mente del otro.
- Hablar también del lenguaje corporal. Describir e imitar las posturas asociadas a distintas emociones amplía el repertorio de señales que el niño puede observar.
- Jugar a reconocer emociones. Mirar fotos y nombrar lo que sienten sus protagonistas ya es un buen entrenamiento. También podéis representar una emoción para que el otro la adivine. O partir de una foto —o una representación— e imaginar los motivos de ese sentimiento.
3. Enseñarle las bases de la conversación
«Me controlo. Entiendo a los demás. Vale. Pero ¿qué les voy a contar?»
Fred Frankel, profesor de psiquiatría en UCLA, ha estudiado a fondo los mecanismos y los obstáculos de la amistad infantil. Estas son sus recomendaciones para intercambiar información de manera amistosa:
- Empezar hablando de lo que te gusta y de lo que no. «Me encanta el columpio». «No me gusta la lluvia». En la adolescencia se convierte en «¿Qué música escuchas?».
- No monopolizar la palabra. Responder a la pregunta que se está comentando y dejar que el otro conteste. O hacerle otra pregunta.
- No hacer de entrevistador. Escuchar es necesario, pero también hay que contar cosas de uno mismo para que el intercambio sea una conversación.
4. Orientarle en situaciones sociales complicadas
Pongámonos en situación. Llegáis al parque. Tu peque ve a un grupo de niños desconocidos jugando y parece tener ganas de acercarse. ¿Qué hacer? ¿Animarle sin más a lanzarse, o pensar juntos un plan?
Los investigadores observaron que una buena orientación favorecía la socialización. Estos son algunos de los consejos útiles que recogieron:
- Antes de lanzarte, observa a qué juegan. ¿Cómo podrías encajar? Si juegan a restaurantes, puedes ofrecerte como nuevo cliente.
- No interrumpas lo que están haciendo. No critiques ni intentes obligarlos a jugar a otra cosa.
- Si los demás no quieren jugar contigo, no insistas. Déjalo y busca otra manera de entretenerte.
5. Evitar las actividades competitivas
Las actividades competitivas probablemente tienen ventajas, pero fomentar conductas «amistosas» no es su punto fuerte. Las cooperativas, en cambio, han mostrado efectos positivos en la socialización. Los niños habitualmente más ariscos se vuelven más accesibles. Y los más fáciles de tratar aceptan mejor las asperezas de los otros.
Si te parece que a tu hijo le cuesta hacer amigos, quizá «Vamos a apuntarlo a rugby» no sea la mejor solución.
Conviene recordarlo también en cualquier reunión de amigos o familiares con niños pequeños: para comodidad de todos, ellos incluidos, prepara actividades no competitivas, guarda las pistolas y las espadas de juguete y pon a salvo los juguetes que tus hijos todavía no están preparados para prestar.
Foto: Yannis Papanastasopoulos.